jueves, 1 de diciembre de 2016

La fundación de Ítaca



Las historias más conocidas de Homero son la de la guerra y la del viaje, Troya e Ítaca, aunque hay muchas más en el intersticio de estas y en otros himnos homéricos. Algunas que tal vez ya nadie recuerda, que ya han caído en el olvido o que solo algunos filólogos especialistas leen y releen con el vano deseo de que en alguna parte de nuestra humanidad sigan ardiendo y no caigan en la nada. Pero Troya e Ítaca siguen allí incólumes, siendo repetidas miles, millones de veces a diario, leídas, reescritas, reimaginadas en conversaciones, películas, libros, canciones. En cada uno de nuestros días, como lo demostró Joyce.

He allí una característica de lo literario, de la poesía, para ser más precisos: una vez dicha, se mantiene dicha para siempre, mientras nuestra especie la recuerde, mientras siga resonando en nosotros como una ficha del rompecabezas que somos. Caso contrario al quehacer científico, como la Física, por ejemplo, que está poniendo a prueba constantemente sus descubrimientos, repensándolas, corrigiéndolas, investigando si las constantes universales como la velocidad de la luz son tales o si hay forma de unificar las 4 fuerzas. En cambio, lo que dicen los poemas se mantiene allí imperturbable como ruido blanco, que todo lo contiene y es infinito.

Pero detengámonos un momento. ¿Es la poesía entonces algo que resuena en todos nosotros para siempre? Si analizamos un poco donde y cuando es enunciado un poema, podemos concluir que no es un discurso que circula transversalmente a cada sociedad: está el juglar que cantaba y entretenía en las plazas para el pueblo con lo que el trovador, en su mísera cabaña o a lomos de un caballo de guerra, componía; y están también Petrarca o Chaucer, poetas laureados por reyes o por el senado, recompensados con el honor y la gloria. Esta el poeta enamorado de la luna, Li Po, que andaba ebrio como Bukowski o como Ovidio, pero cada uno, produciendo sus poemas en un espacio social reducido, casi en un gueto. Leídos u oídos al principio por algunos pocos, los miembros de la corte, el emperador chino o los vasallos en el mercado. Leídos a veces a escondidas del poderoso, distribuidos en panfletos, o dichos en una lengua provenzal que solo unos cuantos entendían.

Y solo un manojo, unos cuantos de esos poemas, traspasan las fronteras de su gueto y se vuelven tan comunes y humanos que a diario los citamos, los recordamos, los vivimos. Homero tiene estos dos grandes poemas, y por ejemplo Vallejo tiene unos cinco, que incluso los niños en la escuela se los aprenden de memoria. Regresamos siempre a esos textos, a sus versos, a sus imágenes, para comprender nuestra humanidad, para afirmarnos como especie. ¿Qué ha sucedido con todos los demás textos homéricos? ¿Qué ha sido con todos los demás poemas compuestos en la época de Homero?

Hablando con un amigo me hacía notar que la humanidad que éramos entonces de pronto ha cambiado y ya no resuenan en nosotros porque somos otros. La sociedad de Homero era una asentada en la agricultura y en la guerra. Como ya no somos agricultores ni guerreros, esos poemas ya no nos interesan. No, esperen. Sí, seguimos cultivando y cosechando para alimentarnos. Y seguimos guerreando. Por eso Troya y sus murallas aún resuena en nosotros. Y el himno del retorno de Odiseo compuesto por ese ciego al que han llamado Homero, o por los cientos de poetas homéridas que lo concibieron, tiene un algo en sí que nos sirve como espejo y guía. No voy a utilizar la palabra sentido, tan manoseada que ha perdido el sentido, pero algo de eso hay en la poesía que traspasa tiempos y espacios, que perdura en nosotros como la necesidad misma que tenemos de los dioses, aunque estos hayan muerto o nunca hayan existido, como lo proclama Pessoa.

A pesar de habernos vueltos sedentarios, anhelamos los viajes, el siempre movernos, el no quedarnos en casa. ¿Cómo habrá sido la vida de los nómadas, entenderían ellos la idea o el deseo de regresar a casa? ¿Les habría importado luchar contra dioses, monstruos, brujas o sirenas para volver a acariciar a un perro o abrazar al hijo?

En casi 3000 años, esos deseos permanecen en nosotros, pero ¿seguirá siendo así siempre? Imaginamos, y como especie hemos deseado de muchas maneras, una sociedad unida, igualitaria, que viva en paz. Son las bases mismas de las sociedades modernas y el fundamento sobre el que hemos erigido nuestras naciones: libertad, fraternidad, igualdad. En un mundo así, donde los hijos de los hijos de nuestros hijos no conozcan la idea de guerra, ¿entenderán acaso una artimaña como el caballo de Troya para recuperar a Helena? Seremos entonces otros, ya no humanos, o más humanos de lo que somos ahora. Serán otros los poemas que nos resuenen. Haremos fotosíntesis o algo parecido y ya no entenderemos los himnos a Demeter, ni habrá primavera ni invierno. Ya no podremos llamarnos tampoco humanos o terrícolas a nosotros mismos.

Pero tal vez, el deseo de viajar o de la guerra no nos abandone. Tal vez hasta que nos perdamos en la eternidad será la necesidad y la crisis la que nos acompañe. Esa necesidad que nos hizo desarrollar los pulgares opuestos y la capacidad de transferir conocimientos de una generación a otra. Y Homero y Ovidio y Pound y Martín Adán nos seguirán nombrando, diciéndonos quiénes somos y qué seremos.

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