jueves, 1 de diciembre de 2016

La fundación de Ítaca



Las historias más conocidas de Homero son la de la guerra y la del viaje, Troya e Ítaca, aunque hay muchas más en el intersticio de estas y en otros himnos homéricos. Algunas que tal vez ya nadie recuerda, que ya han caído en el olvido o que solo algunos filólogos especialistas leen y releen con el vano deseo de que en alguna parte de nuestra humanidad sigan ardiendo y no caigan en la nada. Pero Troya e Ítaca siguen allí incólumes, siendo repetidas miles, millones de veces a diario, leídas, reescritas, reimaginadas en conversaciones, películas, libros, canciones. En cada uno de nuestros días, como lo demostró Joyce.

He allí una característica de lo literario, de la poesía, para ser más precisos: una vez dicha, se mantiene dicha para siempre, mientras nuestra especie la recuerde, mientras siga resonando en nosotros como una ficha del rompecabezas que somos. Caso contrario al quehacer científico, como la Física, por ejemplo, que está poniendo a prueba constantemente sus descubrimientos, repensándolas, corrigiéndolas, investigando si las constantes universales como la velocidad de la luz son tales o si hay forma de unificar las 4 fuerzas. En cambio, lo que dicen los poemas se mantiene allí imperturbable como ruido blanco, que todo lo contiene y es infinito.

Pero detengámonos un momento. ¿Es la poesía entonces algo que resuena en todos nosotros para siempre? Si analizamos un poco donde y cuando es enunciado un poema, podemos concluir que no es un discurso que circula transversalmente a cada sociedad: está el juglar que cantaba y entretenía en las plazas para el pueblo con lo que el trovador, en su mísera cabaña o a lomos de un caballo de guerra, componía; y están también Petrarca o Chaucer, poetas laureados por reyes o por el senado, recompensados con el honor y la gloria. Esta el poeta enamorado de la luna, Li Po, que andaba ebrio como Bukowski o como Ovidio, pero cada uno, produciendo sus poemas en un espacio social reducido, casi en un gueto. Leídos u oídos al principio por algunos pocos, los miembros de la corte, el emperador chino o los vasallos en el mercado. Leídos a veces a escondidas del poderoso, distribuidos en panfletos, o dichos en una lengua provenzal que solo unos cuantos entendían.

Y solo un manojo, unos cuantos de esos poemas, traspasan las fronteras de su gueto y se vuelven tan comunes y humanos que a diario los citamos, los recordamos, los vivimos. Homero tiene estos dos grandes poemas, y por ejemplo Vallejo tiene unos cinco, que incluso los niños en la escuela se los aprenden de memoria. Regresamos siempre a esos textos, a sus versos, a sus imágenes, para comprender nuestra humanidad, para afirmarnos como especie. ¿Qué ha sucedido con todos los demás textos homéricos? ¿Qué ha sido con todos los demás poemas compuestos en la época de Homero?

Hablando con un amigo me hacía notar que la humanidad que éramos entonces de pronto ha cambiado y ya no resuenan en nosotros porque somos otros. La sociedad de Homero era una asentada en la agricultura y en la guerra. Como ya no somos agricultores ni guerreros, esos poemas ya no nos interesan. No, esperen. Sí, seguimos cultivando y cosechando para alimentarnos. Y seguimos guerreando. Por eso Troya y sus murallas aún resuena en nosotros. Y el himno del retorno de Odiseo compuesto por ese ciego al que han llamado Homero, o por los cientos de poetas homéridas que lo concibieron, tiene un algo en sí que nos sirve como espejo y guía. No voy a utilizar la palabra sentido, tan manoseada que ha perdido el sentido, pero algo de eso hay en la poesía que traspasa tiempos y espacios, que perdura en nosotros como la necesidad misma que tenemos de los dioses, aunque estos hayan muerto o nunca hayan existido, como lo proclama Pessoa.

A pesar de habernos vueltos sedentarios, anhelamos los viajes, el siempre movernos, el no quedarnos en casa. ¿Cómo habrá sido la vida de los nómadas, entenderían ellos la idea o el deseo de regresar a casa? ¿Les habría importado luchar contra dioses, monstruos, brujas o sirenas para volver a acariciar a un perro o abrazar al hijo?

En casi 3000 años, esos deseos permanecen en nosotros, pero ¿seguirá siendo así siempre? Imaginamos, y como especie hemos deseado de muchas maneras, una sociedad unida, igualitaria, que viva en paz. Son las bases mismas de las sociedades modernas y el fundamento sobre el que hemos erigido nuestras naciones: libertad, fraternidad, igualdad. En un mundo así, donde los hijos de los hijos de nuestros hijos no conozcan la idea de guerra, ¿entenderán acaso una artimaña como el caballo de Troya para recuperar a Helena? Seremos entonces otros, ya no humanos, o más humanos de lo que somos ahora. Serán otros los poemas que nos resuenen. Haremos fotosíntesis o algo parecido y ya no entenderemos los himnos a Demeter, ni habrá primavera ni invierno. Ya no podremos llamarnos tampoco humanos o terrícolas a nosotros mismos.

Pero tal vez, el deseo de viajar o de la guerra no nos abandone. Tal vez hasta que nos perdamos en la eternidad será la necesidad y la crisis la que nos acompañe. Esa necesidad que nos hizo desarrollar los pulgares opuestos y la capacidad de transferir conocimientos de una generación a otra. Y Homero y Ovidio y Pound y Martín Adán nos seguirán nombrando, diciéndonos quiénes somos y qué seremos.

domingo, 23 de octubre de 2016

El poema difícil - Charles Bernstein


Todos nosotros de vez en cuando nos topamos con un poema difícil. Algunas veces es el poema de un amigo o de un familiar y algunas veces es el poema que nosotros mismos hemos escrito. Durante muchos años, el poema difícil ha creado desasosiego tanto en los poetas como en los lectores. Los expertos que estudian a los poemas difíciles frecuentemente han rastreado la prevalencia moderna de este problema hasta los días tempranos del siglo pasado, cuando un gran cantidad de dislocación social precipitó el brote de 1912, una de las más conocidas epidemias de poesía difícil.
Pero mientras estos expertos han elaborado detalladas discusiones históricas acerca de los poemas difíciles y aunque hay una gran cantidad de especulación filosófica y teoría psicológica acerca de la poesía difícil, escasean las guías prácticas para manejar la poesía difícil. Lo que puedo hacer en este ensayo es explorar algunas de las maneras en que usted puede hacer más agradable su experiencia con el poema difícil mediante la exploración de algunas estrategias para hacer frente a dichos poemas.
Puede que usted se esté preguntando, ¿cómo fue que yo me interese en estos tópicos? Permítaseme ser franco acerca de esta situación. Soy el autor de —y lector frecuente— de poemas difíciles. Debido a esto, poseo un fuerte deseo de ayudar a otros lectores y autores en relación con poemas duros–de–leer. Al compartir mi experiencia de más de treinta años de trabajo con poemas difíciles, creo que puedo ahorrarle tiempo y dolores de cabeza. Puede que incluso logre convencerle de que algunos de los más difíciles poemas con los que pueda toparse son capaces de proveer experiencias estéticas muy enriquecedoras, si sabe usted cómo acercárseles.
Pero primero debemos hacer la pregunta: ¿está usted leyendo un poema difícil? ¿Cómo saberlo? He aquí cinco preguntas clave que pueden ayudarle a responder esta interrogante:
1. ¿Le cuesta trabajo apreciar este poema?
2. ¿El vocabulario y sintaxis del poema le resulta duro de roer?
3. ¿Este poema le está haciendo sudar?
4. ¿Acaso el poema le hace sentir inadecuado o estúpido como lector?
5. ¿Este poema está afectando su imaginación?
Si ha respondido afirmativamente cualquiera de estas preguntas, probablemente esté tratando con un poema difícil. Pero si todavía no está seguro busque la presencia de alguno de estos síntomas: actividad sintáctica, gramatical o intelectual alta; intensidad lingüística elevada; irregularidades textuales; retiro inicial (el poema no está inmediatamente disponible); escasa adaptabilidad (el poema no se presta a ser usado en cartas amorosas, conmemoraciones, etc.); sobrecarga sensorial; ánimo negativo.
Muchos lectores, cuando se enfrentan por vez primera con un poema difícil se preguntan a sí mismos: “¿por qué yo?”. La primera reacción que frecuentemente tienen es pensar que es un problema inusual que otros lectores no han enfrentado. Así que el primer paso para manejar el poema difícil es reconocer que se trata de un problema común que muchos otros lectores confrontan cotidianamente. ¡Usted no está solo!
La segunda reacción de muchos lectores de poemas–difíciles es la autoflagelación. Se preguntan: “¿qué estoy haciendo que causa que este poema sea tan difícil?”. Así que el segundo paso para enfrentar al poema difícil es entender que no eres responsable por la dificultad y que hay métodos efectivos para responder al poema difícil sin caer en la frustración o el enojo. Los escritores de poemas difíciles encaran las mismas interrogantes que los lectores, pero para ellos estas dudas pueden ser motivo de mayor agitación. Frecuentemente un poeta se preguntara a sí mismo, si es varón, o a sí misma, si es mujer (los individuos transgénero también se hallan con las mismas incertidumbres): “¿por qué mi poema se hizo así? ¿Por qué mi poema no es completamente accesible como los poemas de Billy Collins, que nunca tienen problemas para ser comprendidos?” Tal como los lectores de poemas difíciles, estos escritores de poemas difíciles se deben reconciliar con el hecho de que sufren un problema común, compartido por otros autores. Y deben reconciliarse con el hecho que no es culpa suya que sus poemas sean más difíciles de entender que los de Billy Collins, pues algunos poemas simplemente así son, así resultan.
Los poemas difíciles son normales. No son incoherentes, absurdos u hostiles. Los lectores bienintencionados pueden sugerir que “algo anda mal” con el poema. Así que adquiramos una nueva perspectiva. “Difícil” es muy diferente de anormal. En el clima de hoy en día, con un número cada vez mayor de poemas etiquetados como “difíciles”, es importante mantener esta distinción en mente.
Los poemas difíciles son así debido a su confección innata. Esa confección es su estilo construido. No son así a causa de algo que usted como lector le haya hecho. No es su culpa.
Los poemas difíciles son duros de leer. Obviamente usted ya sabe esto, pero si lo tiene en cuenta, entonces usted será capaz de recuperar su autoridad como lector. ¡No permita que el poema difícil lo intimide! Frecuentemente el poema difícil lo provocará, pero esta puede ser su manera de pedir atención.
Algunas veces, si usted le da su atención completa al poema, su conducta provocativa cesará.
Los poemas difíciles no son populares. Esto es algo que todo poeta o escritor de poemas difíciles debe encarar. No hay vuelta de hoja. Pero no porque un poema no sea popular no quiere decir que carezca de valor. Los poemas impopulares pueden tener lecturas significativas y, sobre todo, no siempre serán impopulares. Pero incluso si el poema nunca se vuelve popular, puede que siga siendo especial para usted, el lector. Quizá la impopularidad del poema puede que haga que usted y el poema difícil se acerquen. Después de todo, su propia habilidad de tener una relación íntima con el poema no es afectada por la popularidad del poema.
Una vez que has superado el juego de culpabilizaciones —culparse a sí mismo como lector por la dificultad o culpar al poema— se puede enfocar en la relación. La dificultad que está teniendo con el poema podría estar sugiriendo que hay un problema no con el lector o con el poema sino con la relación entre usted y el poema. Enfrentar estos problemas que surgen en la relación puede ser una valiosa experiencia de aprendizaje. ¡Suavizar las dificultades no es la solución! Aprender a experimentar una lectura de un poema frecuentemente será más satisfactorio que meter las dificultades debajo de la alfombra, sólo para que el polvo acumulado te salte a la cara cuando finalmente llega la hora de limpiar el piso.
Los lectores de poemas difíciles también necesitan tener en cuenta la tendencia a idealizar el poema accesible. Manténgase en mente que un poema puede ser fácil porque no está diciendo nada. Y aunque puede que esto resulte en una lectura sin perturbaciones en un inicio, puede que enmascare problemas que más tarde aparecerán. No hay poema libre de dificultades. Algunas veces trabajar las dificultades del poema es lo mejor que puede hacer para tener una experiencia estética de largo plazo y que así se abra la posibilidad de muchos encuentros futuros con el poema.
Tengo la esperanza de que esta aproximación con el poema difícil aliviará la frustración que muchos lectores tienen cuando son desafiados por este tipo de experiencia estética. Leer poemas, como otras experiencias en la vida, no siempre es tan fácil como parece desde el exterior, como cuando vemos a otros lectores felizmente dando la vuelta a las páginas de colecciones de sus versos más amados. Muchas veces este retrato de gloria lectora no es la historia completa; incluso esos lectores ahora sonrientes puede que hayan atravesado experiencias difíciles cuando los conocieron por vez primera. Como mi madre suele decir, no se puede hacer huevos con tocino sin mandar a un cerdo al matadero.

viernes, 5 de febrero de 2016

Manifiesto por un partido del ritmo - Henri Meschonnic


Hoy para ser sujeto, para vivir como sujeto, necesito hacer lugar al poema. Un lugar. Lo que a mi alrededor veo llamar poesía en su mayor parte tiende extrañamente, insoportablemente, a negarle un lugar, su lugar, a lo que llamo un poema.
Hay, en una poesía a la francesa, por razones no ajenas al mito del genio de la lengua francesa, institucionalización del culto que se le rinde a la poesía que produce la ausencia sistemática del poema. Modas siempre hubo. Pero esta moda ejerce la presión de un cúmulo de academicismos. Presión atmosférica: el espíritu de la época.
Contra esta asfixia del poema por la poesía, hay necesidad de manifestar, de manifestar el poema, una necesidad que algunos sienten periódicamente, de hacer salir una palabra asfixiada por el poder de los conformismos literarios que no hacen más que estetizar esquemas de pensamiento que son esquemas de sociedad.
Una idolatría de la poesía produce fetiches sin voz que se dan y son tomados como de la poesía.
Contra todas las poetizaciones, digo que hay un poema sólo si una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si recíprocamente una forma de lenguaje transforma una forma de vida.
Digo que sólo así la poesía, como actividad de los poemas, puede vivir en la sociedad, hacer en la gente lo que solo un poema puede hacer y que sin eso, no sabrán incluso que se desubjetivan, se deshistorizan para no ser ellos mismos más que productos del mercado de sentimientos, y de comportamientos.
Mientras que la actividad de todo lo que es poema contribuye, como sólo ella puede hacerlo, a constituirlos como sujetos. No hay sujeto sin sujeto del poema. Ya que si falta el sujeto del poema entre los demás sujetos de los cuales cada uno de nosotros es la resultante, hay a la vez una falta específica y la inconciencia de aquello que falta, y esa falta alcanza a todos los demás sujetos. A los trece de la docena que somos. Y no es el sujeto freudiano el que los va a salvar. O el que va a salvar al poema.
Sólo el poema puede unir, contener el afecto y el concepto en un solo bocado de palabra que agita, que transforma las maneras de ver, entender, sentir comprender, decir, leer. De traducir. De escribir. En donde el poema es radicalmente diferente del relato, de la descripción. Que nombran. Que quedan en el signo. Y el poema no es del signo.
El poema es el que nos enseña a no valernos más del lenguaje. El único que nos informa que, en contra de las apariencias y costumbres del pensamiento, no nos valemos del lenguaje.
Lo que no significa que, según una mecánica de reversibilidad, el lenguaje se valga de nosotros. Que, curiosamente, tendría más pertinencia, a condición de delimitar esa pertinencia, a las típicas manipulaciones, como las que corrientemente provienen de la publicidad, la propaganda, el todo comunicacional, la no información, y todas las formas de censura. Pero entonces no es el lenguaje el que se sirve de nosotros. Son los manipuladores, que agitan las marionetas que somos entre sus manos, son ellos los que se valen de nosotros.
El poema en cambio hace de nosotros una forma-sujeto específica. Activa en nosotros un sujeto que no seríamos sin él. Eso, por el lenguaje. En ese sentido nos informa que no nos valemos del lenguaje. Pero devenimos lenguaje. Ya no es posible conformarse con decir, sino a modo de anticipo, pero muy vago, que somos lenguaje. Más preciso es decir que devenimos lenguaje. Más o menos. Cuestión de sentido. Del sentido del lenguaje.
Pero sólo el poema que es poema nos enseña. No el que se parece a la poesía. Ya lista. De antemano. El poema de la poesía. Él, es parte de nuestra cultura. Variable también. Y en la medida en que nos engaña, haciéndose pasar por un poema, es un nocivo. Porque confunde a la vez la relación de nosotros mismos como sujeto y la relación de nosotros mismos deviniendo lenguaje. Y ambos son inseparables. Ese producto tiende a hacer de nosotros un producto. En lugar de una actividad.
Es por eso que la actividad crítica es vital. No destructiva. No, constructiva. Constructiva de sujetos. Un poema transforma. Nombrar, describir, no valen nada en el poema. Y describir es nombrar. Por eso el adjetivo es revelador. Revelador de la confianza en el lenguaje, y la confianza en el lenguaje nombra, no cesa de nombrar. Atiendan a los adjetivos.
Es por eso que celebrar, tan frecuentado por la poesía, es enemigo del poema. Porque celebrar, es nombrar. Designar. Desgranar substancia según el sagrado rosario instituido por la poesía. Y al mismo tiempo aceptar. No sólo aceptar el mundo tal como es, el innoble “no tengo más que cosas buenas para decir” de Saint-John Perse, sino aceptar todas las nociones de la lengua a través de las cuales está representado. El impensable vínculo entre el genio del lugar y el genio de la lengua.
Un poema no celebra, transforma. Es así que tomo lo dicho por Mallarmé: “La poesía es la expresión, por el lenguaje humano remitido a su ritmo esencial, del sentido misterioso de los aspectos de la existencia: dota así de autenticidad a nuestra estadía y constituye la única labor espiritual” Ahí donde algunos que creen que está pasado de moda.
Para el poema, reservo el supremo rol del ritmo en la constitución de sujetos-lenguaje. Porque el ritmo ya no es más, aunque algunos iletrados no se hayan percatado, la alternancia del pan-pan en la mejilla del metrista metrónomo. El ritmo es la organización-lenguaje del continuo del que estamos hechos. Con toda la alteridad que funda nuestra identidad. Vamos, metristas, no necesitan más que un poema para perder el equilibrio.
Porque el ritmo es una forma-sujeto. La forma-sujeto. Que renueva el sentido de las cosas, que es por él que accedemos al sentido del que tenemos que deshacernos, que todo a nuestro alrededor se hace de deshacerse y que, acercando esa sensación de todo en movimiento, nosotros mismos somos una parte de ese movimiento.
Y si el ritmo-poema es una forma-sujeto, el ritmo no es más una noción formal, la misma forma no es más una noción formal, la del signo, sino una forma de historización, una forma de individuación. Abajo la vieja dupla de forma y sentido. Es poema todo lo que, en el lenguaje, realice ese recitativo que es la máxima subjetivación del discurso. Prosa, verso, o línea.
Un poema es un acto de lenguaje que tiene lugar sólo una vez y recomienza sin cesar. Porque hace sujeto. No deja de hacer sujeto. De uno. Cuando es una actividad, no un producto.
Manera más rítmica, más lenguaje, de transponer lo que Mallarmé llamaba “autenticidad” y “estadía”. Estadía, término todavía muy estático para expresar la inestabilidad misma. Pero “única tarea espiritual”, sí, diría todavía sí, en este mundo llevado por la vulgaridad de los conformistas y el mercado del signo, o entonces renunciar a ser un sujeto, una historicidad en curso, para ser sólo un producto, un valor de recambio entre otras mercancías. Lo que la tecnificación del todo comunicacional no deja de acelerar.
No, las palabras no están hechas para designar cosas. Están para situarnos entre las cosas. Verlas como designaciones, es demostrar que tenemos la más pobre idea del lenguaje. La más común también. Es el combate, el mismo de siempre, del poema contra el signo. David contra Goliat, Goliat, el signo.
Por eso creo también que se equivocan al vincular ahora y siempre, en Mallarmé, « la ausente de todo ramo » a la banalidad del signo. El signo ausencia de las cosas. Sobre todo cuando se opone a la « verdadera vida » de Rimbaud. Es quedar en el discontinuo del lenguaje opuesto al continuo de la vida. Mallarmé sabía, él, que sobre una piedra « las páginas se volverían a cerrar mal”
Aquí es donde el poema puede y debe derrotar al signo. Devastar la representación convenida, enseñada, canónica. Porque el poema es el momento de una escucha. Y el signo sólo nos da a ver. Es sordo y ensordece. Sólo el poema nos puede conectar con la voz, hacernos pasar de voz en voz, volvernos un escucha. Darnos todo el lenguaje como escucha. Y el continuo de esa escucha incluye, impone un continuo entre los sujetos que somos, el lenguaje en el que devenimos, la ética en acto que es esa escucha, de donde una política del poema. Una política del pensamiento. El partido del ritmo.
De allí lo irrisorio del interminable retorno de los poetas al poetismo torre de marfil, en Hölderlin, de “el hombre habita [o vive] poéticamente en esta tierra – dichterisch wohnt der Mensch auf dieser Erde”, un Hölderlin atravesado por la esencialización Heidegger, donde se encuentra un pseudo-sublime a la moda. No, por supuesto. El hombre vive semióticamente en esta tierra. Más que nunca. Y no crean que la emprendo contra Hölderlin. No, la emprendo contra el efecto Hölderlin que no es lo mismo. Contra la esencialización en cadena del lenguaje, del poema (y el neo-pindarismo que destila, y está de moda) y la esencialización de la ética y la política.
El poetismo es la coartada y el mantenimiento del signo. Con su cita-cliché de rigor, la rueda de oración de la poetización: “y para qué poetas en tiempo de miseria- und wozu Dichter in dürftiger Zeit?”
Es contra –y sí, es así- lo que se necesita del poema, otra vez del poema, siempre del poema. Del ritmo, otra vez del ritmo, siempre del ritmo. Contra la semiotización generalizada de la sociedad. De la que algunos poetas han creído, o simulan, escapar por lo lúdico. Miseria poética más que tiempos de miseria.
Hay que pensar la claridad del poema. El desafío parte de allí, de la necesidad de apartar a Mallarmé de interpretaciones que lo hacen recaer continuamente en el signo, tomando cuarenta años después las mismas palabras, la “desaparición elocutiva del poeta”. Pero nunca “el poema, enunciador”. Mallarmé-síntoma. Reducido solo a cuestiones de sentido. Lo que permite continuar viéndolo como un poeta difícil. Obscuro. Ningún cambio, o muy poco, desde Max Nordeau. Siempre los imbéciles del presente.
Replegando a Mallarmé sobre su época. Doblemente encerrado Mallarmé, en el signo y en el simbolismo. Vetusteces, “la explicación órfica de la Tierra”. El modo complaciente de continuar sin pensar el poema. Todo a costa de sacralizar la poesía.
La apuesta, de hacer escuchar la oralidad y la claridad de Mallarmé, es el poema. Contra la estupidez erudita del signo.
La apuesta de sugerir en lugar de nombrar, como un universal del poema. Por lo tanto un universal del lenguaje. No se puede ser más claro, como él decía, “trabajar con el misterio en vista del más tarde o del jamás”
Entonces, al contrario de aquellos que ya no creen en la palabra de Mallarmé sobre “la explicación órfica de la Tierra” y sin perder más tiempo en algunos descriptivistas enumeradores de nombres de ciudades, diré que el poema, el más pequeño poema, una copla española, es el relevo del desafío postergado, eludido por el “Libro” no realizado de Mallarmé, esencializando la poesía, en lugar de escuchar las formas incesantemente renovadas de la “Odisea moderna” en el mismo Mallarmé, en lo que él ha escrito más que en lo que él no ha escrito, y en todas las voces que han sido su propia voz.
Porque con cada voz, Orfeo cambia, y recomienza. Una Odisea recomienza. Tienen que escucharla, hombres de poca voz.
Con un poema, no es una visión que se pone en marcha, como toda una tradición poética primero, poetisante después, pudo creer. Sino “el único deber del poeta”, por volver a Mallarmé, ya que en principio hay uno, y sólo el poema nos puede dar lo que sólo él hace, la escucha de todo lo que uno no sabe que oye, de todo lo que uno no sabe que dice y de todo lo que uno no sabe decir, porque cree que el lenguaje esta hecho de palabras.
Orfeo fue uno de los nombres de lo desconocido. Un error grosero y común es considerarlo adosado al pasado. Mientras que eso que designa continúa en cada uno de nosotros.
Y la Odisea, la “Odisea Moderna” de la que habla Mallarmé, otro error grosero ha sido y sigue siendo, confundirla con los viajes y sus relatos, con la calcomanía de las epopeyas y el prejuicio reinante. Lo mismo que confundir lo monumental y lo sobredimensionado. El poema muestra que la odisea está en la voz. En toda voz. La escucha es su viaje.
Y si la escucha es el viaje de la voz, queda anulada entonces la oposición académica entre lirismo y epopeya. Así como la definición, ya tomada por Poussin de un italiano del siglo XV, antes que la repita Maurice Denis, de la pintura como “colores ensamblados en cierto orden” anula de antemano la oposición entre lo figurativo y lo abstracto.
Queda solamente: es una pintura, o no es una pintura. Como ya lo decía Baudelaire. Es un poema o no es un poema. Parece. Hace todo por parecer. Por parecerse a la poesía. Por parecerse al pensamiento. Ya que hay un poema del pensamiento, o no hay más que un símil. Mantenimiento del orden.
Sí, en un sentido nuevo, todo poema, si es un poema, una aventura de la voz, no una reproducción variable de la poesía del pasado, contiene la epopeya. Y deja para el museo de las artes y tradiciones del lenguaje la noción de lirismo que algunos contemporáneos han intentado retomar al estilo del momento haciéndole decir un rosario de tradicionalismos: confusiones entre el je y el moi, entre la voz y el canto, entre el lenguaje y la música, en la común ignorancia del sujeto del poema. Confusiones, es cierto, que el pasado mismo de la poesía contribuyó a crear.
Pero el poema da señal de vida. Eso que se le parece, porque quiere tener poesía, tener la apariencia si no tiene el ser, da señal de libro.
Consecuencia: esta confrontación retoma la que comúnmente se hace entre la vida y la literatura. Y un poema es lo más opuesto a la literatura. En el sentido del mercado del libro. Un poema se hace en la reversibilidad entre una vida que ha devenido lenguaje y un lenguaje que ha devenido de la vida.
Fuera del poema abundan pretensionismos de toda índole, esos montajes que continúan repitiendo el contrasentido tan difundido sobre la frase de Rimbaud “Es necesario ser absolutamente moderno”. Decididamente, nada más actual que el “Replicaré frente a la agresión que los contemporáneos no saben leer” de Mallarmé. De nuevo es el imbécil del presente que habla, en ese contrasentido. El mismo imbécil del lenguaje.
Un poema está hecho del verso al que se va, que no se conoce, y el que se deja atrás, que es vital reconocer.
Para un poema, hay que aprender a impugnar, a trabajar con toda una lista de impugnaciones. La poesía cambia si se la impugna. Como el mundo cambia por aquellos que lo impugnan.
Entre mis impugnaciones pongo: no al signo y a su sociedad. No a esta mediocridad pomposa que confunde el lenguaje y la lengua, y habla de la lengua sin saber qué dice, de una memoria de la lengua, como si la lengua fuera un sujeto, y de una relación esencial entre el alejandrino y el genio de la lengua francesa. No olviden respirar en todas las doce sílabas. Metrifiquen el corazón. Mitología que sin duda no es ajena al retorno jugado por lo lúdico, a la moda de la versificación académica. Y si fuera para hacer reír, fracasó. Ya Aristóteles había señalado a los que escriben en verso para ocultar que no tienen nada para decir.
No al consenso-signo, en la semiotización generalizada de la comunicación-mundo.
No, no vamos a las cosas. Puesto que no dejamos de transformarlas o de ser transformados por ellas, a través del lenguaje.
No a la fraseología poetisante que habla de un contacto con lo real. A la oposición entre la poesía y el mundo exterior. Que lleva a hablar de. A Enumerar. Describir. Nombrar otra vez. No es el mundo el que está allí, es la relación con el mundo. Y esa relación es transformada por el poema. Y la invención de un pensamiento es ese poema del pensamiento.
No, la poesía no está en el mundo, en las cosas. En contra de lo que han dicho los poetas. Imprudencia de lenguaje. Sólo puede estar en el sujeto que está sujeto al mundo y sujeto al lenguaje como sentido de la vida. Se confundía el sentido de las cosas con las cosas mismas. Una confusión que lleva a nombrar, a describir. Ingenuidad pronto sancionada. La prueba, si hiciera falta, de que la poesía no está en el mundo, es que los no-poetas están en él como los poetas, y no hacen un poema. Un caballo da la vuelta al mundo y sigue siendo caballo.
Vivir no basta, todo el mundo vive. Sentir no basta. Todo el mundo es sensible. La experiencia no basta. El discurso sobre la experiencia no basta. Para que haya un poema.
No a la ilusión de que vivir precede a escribir. Que ver el mundo modifica la mirada. Cuando es lo contrario: la exigencia de un sentido que no está allí, y la transformación del sentido por todos los sentidos que cambia nuestra relación con el mundo.
Si vivir precede a escribir, la vida es sólo la vida, la escritura es sólo literatura. Y se nota. Al menos hay que aprender a reconocerlo. La enseñanza debería contribuir a eso.
No al ver cautivo para oír. Los poetas creyeron hablar de poesía poniendo todo a la vista, bajo la mirada. Falta de sentido del lenguaje. Las revoluciones de la mirada son efectos, no causas. Una manera de hablar que encubre su propio impensado. La gran oposición pasa entre el pensamiento por preconceptos, y pensar su voz, tener su voz en el pensamiento.
No al rimbaudismo que ve a Rimbaud- la poesía en su partida fuera del poema.
No cuando se opone interior y exterior, lo imaginario y lo real, esa evidencia aparentemente indiscutible. Impide pensar que nosotros somos la relación entre ambos.
No a la metáfora capturada por el pensamiento de las cosas, cuando no es más que una manera de girar a su alrededor, lo lindo, en lugar de ser la única manera de decir.
No a la separación entre el afecto y el concepto, ese cliché del signo. Que no hace solamente el simil -poema sino el simil- pensamiento.
No a la oposición entre individualismo y colectividad, ese efecto social del signo, ese impensado del sujeto, por lo tanto del poema, que hace de la literatura, de la poesía un juego de sociedad, esa vulgar cantinela del renga- pretendidos poemas que se han hecho a montones.
No a la confusión entre subjetividad, esta psicología, donde el lirismo queda preso, esos metros que hacemos cantar, y la subjetivación de la forma-sujeto que es el poema.
No, no cuando se opone, muy cómodamente, la transgresión a la convención, la invención a la tradición. Porque hay, desde hace mucho tiempo, un academicismo de la transgresión como hay un academicismo de la tradición. Y porque, en los dos casos, se opone lo moderno a lo clásico, mezclando lo clásico a lo neo-retro-, y en los dos casos se ha desconocido el sujeto del poema, su invención radical que todo el tiempo ha hecho el poema, y que remite estas oposiciones a su confusión, a su impensado, que enmascara lo perentorio del mercado.
No también a la simplificación que opone lo fácil y lo difícil, la transparencia a la obscuridad, a los clichés sobre el hermetismo. El signo es allí para muchos, el que irracionaliza su propio impensado, el que lo vuelve en efecto oscuro. Su claridad es oscura. Como la claridad francesa. Pero el poema, no se engaña con ese viejo truco.
No a la poesía en la mira del poema, porque pronto es una intención. De poesía. Que por lo tanto sólo puede dar literatura. Poesía de poesía que no tiene más de poesía que el sujeto filosófico de sujeto del poema.
Manifestar no es dar lecciones, ni predecir. Hay manifiesto cuando hay algo intolerable. Un manifiesto no puede tolerar más. Por eso es intolerante. El dogmatismo blando, invisible, del signo, él, no pasa por intolerante. Pero si todo en él fuera tolerable, no habría necesidad de un manifiesto. Un manifiesto es la expresión de una urgencia. A riesgo de pasar por incongruente. Sin riesgo, tampoco habría manifiesto. El liberalismo no muestra que es la ausencia de libertad.
Y un poema es un riesgo. El trabajo de pensar también es un riesgo. Pensar eso que es un poema. Lo que hace de un poema un poema. Lo que debe ser un poema para ser un poema. Y un pensamiento para ser pensamiento. Esta necesidad, pensar inseparablemente el valor y la definición. Pensar esta inseparación como un universal del poema y el pensamiento. Su historicidad, que es su necesidad.
Aún si este pensamiento es particular, por principio siempre tuvo lugar en una práctica, será necesariamente verdadero siempre. No es entonces en absoluto una lección para lo que llamamos el siglo venidero. Sólo el resultado académico del siglo. Este efecto de lenguaje, el efecto-temporalidad del signo. El discontinuo del secularismo.
En suma, el poema manifiesta y hay a manifestar por el poema el rechazo a la separación entre el lenguaje y la vida. Reconocerla como una oposición no entre el lenguaje y la vida sino entre una representación del lenguaje y una representación de la vida. Lo que restituye el pretendido entredicho de Adorno (que es bárbaro e imposible escribir poemas después de Auschwitz), que algunos piensan en invertir haciéndole jugar ese rol de inversor a Paul Celan, mientras ellos siguen en el mismo impensado, que Wittgenstein mostraba por el ejemplo del dolor. Eso no se puede decir. Pero justamente un poema no dice. Hace. Y un pensamiento interviene.
Estas impugnaciones, todas estas impugnaciones son indispensables para que venga un poema. A la escritura. A la lectura. Para que vivir se transforme en poema. Para que un poema transforme el vivir.
El colmo, en esto que adquiere visos de paradoja, es que no se trata más que de obviedades. Pero desconocidas. Es lo cómico del pensamiento.
Pero solamente por estas impugnaciones, que son latidos del pensamiento, para respirar en lo irrespirable, es que siempre hubo poemas. Y que un pensamiento del poema es necesario al lenguaje, a la sociedad.

jueves, 24 de diciembre de 2015

primera muerte de maría - jorge eduardo eielson


A pesar de sus cabellos opacos, de su misteriosa delgadez,
de su tristeza áurea y definitiva como la mía,
yo adoraba a mi esposa,
alta y silenciosa como una columna de humo.

Cuando la conocí, María vivía en un barrio pobre, cubierto de deslumbrantes y altísimos planetas, atravesado de silbidos, de extrañas pestilencias y de perros hambrientos.
Humedecido por las lágrimas de María, todo el barrio se hundía irremediablemente en un rocío incontenible.

María besaba los muros de las callejuelas y toda la ciudad
temblaba de un violento amor a Dios.
María era fea; su saliva, sagrada.

Las gentes, sin confesarlo, esperaban ansiosas el día en que María, provista de dos alas blancas o montada en un animal divino, abandonara la tierra sonriendo por primera vez a los transeúntes

Pero los zapatos rotos de María, como dos clavos milenarios, continuaban fijos a la tierra.
Durante la espera, la muchedumbre impaciente escupía la casa, la pobreza y la melancolía de María.

Una noche María fue embestida por un ciego, como por un árbol lleno de flores. María tomó una flor y de su perfume vivió varios años.

Con tal perfume, una botella de leche y un perro macilento -Isaías- María alimentaba su corazón y su cuerpo y vivía apartada en una cabaña de madera.

Hasta que aparecí yo como un caballo sediento y me apoderé de sus senos. La virgen espantada derramó su leche y un río de perlas sucedió a su tristeza.

Perseguida por mil velos pálidos, como un nupcial cometa, su rostro inocente aparecía y desaparecía entre un bosquecillo de naranjos en flor.

Sin que ella lo supiera, durante un minuto fulgurante, la virgen acababa de estrenar su incorruptible, mortal belleza; María se convirtió en mi esposa.

Pero su felicidad duró tan poco como su belleza.
Todas las noches yo rompía una botella de leche en mi habitación mientras María lloraba su inocencia perdida.
Poco a poco conseguí alejar de su memoria el inefable perfume del ciego y asesiné a Isaías de un golpe en el estómago.

Unos días más tarde María caía a tierra envuelta en una llamarada:

Esposo mío -me dijo- un hijo de tu cuerpo devora mi cuerpo. Te ruego, señor mío: devuélveme mi perfume, mi botella de leche, mi perro miserable.

¡Pobre esposa mía, su cuerpo sediento se debatía entre las llamas, asfixiado por el peso viviente de mi amor!
El instante de belleza perduraba en ella convertido en sangre, en tejidos, en una carne viva y dolorosa como la mía y como la suya.

Yo le acerqué su botella de leche y le hice beber unos cuantos sorbos redentores. Abrí las ventanas y le devolví su perfume adorado. Casi simultáneamente Isaías saltó a sus brazos, hambriento como siempre, moviéndole la cola, oliendo como la infancia, como la soledad, como la virgen que sólo él había venerado.

Luego una criatura de mirada purísima abrió sus ojos ante mí, mientras María cerraba los suyos, cegados por un planeta de oro: la felicidad.

Yo abracé a mi hijo llorando y caí de rodillas ante el cuerpo santo de mi esposa: devorado por un fuego imposible, apenas quedaba de él un hato de cabellos negros, una mirada, una mano fría sobre la cabeza caliente de mi hijo.

¡María, María -grité- nada de esto es verdad, regresa a tu barrio pobre, a tu melancolía, vuelve a tu cabaña, amor mío, a tus callejuelas oscuras, a tu incomprensible llanto de todos los días!

Pero María no respondía.
Isaías temblaba solitario en una esquina, como en el extremo de un cono de luz divina.
Toda la ciudad, en el otro extremo, me reclamaba a mi hijo, repentinamente henchida de amor a María.

Yo confié mi hijo al abrigo y la protección de algunos bueyes, cuyo aliento cálido me recordaba el cuerpo tibio y la impenetrable pureza de María.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Reflexiones Sobre el Asunto Poético - Rodolfo Hinostroza

Rodolfo Hinostroza bailando con Lo Ultraterrestre

Responder a un cuestionario: esto se centra perfectamente dentro de las intenciones del antologista, pero creo que en algunos casos –el mío– tiende a inhibir la expresión de un pensamiento y una experiencia. De modo que me limitaré a reflexionar, divagar, recordar, prometer, prometerme, sin la intención de hacer una exposición ordenada de los hechos. “Díselo así, con todos los acontecimientos grandes y pequeños, que me han impulsado…” Hamlet, esc. V, act. II.
Año: 1960. Pileta de San Marcos. Parece que yo acusaba a los jóvenes de mezclar un poco de Lorca, otro poco de Vallejo, y otro de Neruda, para hacer su poesía social. La popularidad de Calvo me parece fácil, la emulación por parte de Razzeto, y Corcuera, me parece provinciana. En mi grupo de amigos hablo de “trabajar en la oscuridad”. Redescubro a Joyce y a Perse. Estudio exhaustivamente al primero, me empapo con el asunto de “Integritas, consonantia, claritas”, y de la férrea vocación, solo comparable a la de un monje. Adolescencia: leo el Retrato del Artista. Adolescencia: repito las frases mágicas “Vivir, errar, caer, triunfar, volver a crear la vida con materia de vida…” En San Marcos se nos acusa de vagos, de viciosos, de cualquier cosa: situación y función del escritor. En el mejor de los casos somos sospechosos. Todos tenemos el corazón a la izquierda, algunos el cuerpo entero, y otros únicamente la cabeza. Adolescencia: los estruendosos amores y los largos poemas-cartas, de carácter experimental, no obstante. El proyecto “Canto a Cuba” con olores Saint-John Perse, que nunca se escribió. Y las arduas polémicas con los social-realistas. Sospechoso de rebeldía. En la absurda polémica poetas puros-poetas sociales, opto por una tercera posición en la negatividad. Otros son los que pagan: Javier Heraud encuentra que el fondo de la polémica es verbo-acción, asunto fáustico, y reniega de la palabra y muere en la acción. Los abanderados de la polémica, los burlones y acusadores social-realistas, no pagan nada, huyen o vociferan, y luego callan prudentemente. ¿Algo que valga la pena de aquella época? Tal vez el retumbante Túpac Amaru, de Romualdo; y el canto a Walt Whitman, de Rose.
De todos modos, nadie sabe nada, nadie tiene una estética: hay la escuela Rose, la escuela Romualdo, la escuela Sologuren y la de Delgado. Yo camino con Ulises bajo el brazo. ¿Alguien ha leído Ulises? “Sí, algunas partes…” “Sí, vagamente”. “Joyce era un jesuita reaccionario…” Leo poemas de Perse, y al llegar a un verso: “Así marcha el mundo y solo hallo alabanza en ello…” un joven poeta me interrumpe para decirme que Perse es conformista y que alaba el orden establecido. Corona la frase llamándolo reaccionario.
Hay una casa en la Bajada de Baños de Barranco que llaman “Casa de la poesía”, y que otros, discípulos de Romualdo, quieren llamar “La Torre de los Alucinados”; pero casi nadie lee a Lautremont, ni a Rimbaud, ni a Michaux. El nombre es encantador, eso es todo. En otros grupos, lejanos, míticos, católicos –o de la Católica, parece ser lo mismo– hay gente que lee y escribe.
“Amo cierta sombra y cierta luz que muy juntas, creo yo,
azulan las casas profundas de los muertos…”
Esto es de Eielson. Buena poesía. ¿Y Eielson? Dicen que se fue a Europa. Él y Westphalen, residente en Estados Unidos, son los que encontramos mejor en la generación de los surrealistas. Y Martín Adán, loado y detractado. Y luego nos enteramos que hubo otro furibundo antilimeño que escribía en francés: César Moro, presente en algunas antologías surrealistas. Esa es nuestra tradición literaria. Estas, nuestras escuelas. Vallejo no es un escritor, ni un hombre, ni nada aproximado: es un mito. No hay que decir “No me gusta Masa”, o “Los Heraldos Negros es insuficiente”, o “El hombre no tenía que morirse de hambre”. Es Tótem y Tabú.
Nosotros no tenemos que ver nada con la guerra civil española, ni en el tiempo, ni en el espacio. Pero se nos entusiasma con las cancioncitas y el millón de muertos:
“Aunque retiren el puente y también la pasarela
nos verán cruzar el Ebro en barquito de vela…”
Y hay que decir que Miguel Hernández era un gran poeta, y qué lastima de Lorca, y el gordo Guillén, y Pablo Neruda, lástima que fuera diplomático. Cosas, voces que ya nada nos dicen, que pertenecen a otras conciencias, otros recuerdos. Lo nuestro es diferente, decimos. ¿Pero qué es diferente? ¿Acaso no tenemos ideales revolucionarios? ¿Acaso no somos marxistas convencidos? ¿Acaso no escribimos para el pueblo?
“Al paredón, al paredón las penas,
al paredón el padre del cordero…
Mi propia poesía al paredón
si no quiere cantar lo que le digo…”
recitaba Rose.
Ovación en el Salón General de San Marcos. Y los poetas sociales crecían, en hombros del partido, en hombros de la Revolución Cubana. Pero pasó el tiempo, mataron a Heraud, las guerrillas fueron destruidas y los poetas tuvieron que conformarse con ser juzgados por su obra escrita. Un enorme naufragio, quiero decir. De nada valen los hombros del partido cuando sustentan a mediocres poetas. De nada vale ser poeta oficial cuando las historias literarias sólo se contentan con la obra. Ellos no quisieron emular –si puede así decirse– a Dante Alhigieri, sino a Miguel Hernández, varón inculto y patriota que cantaba en las trincheras. Y de todo esto no ha quedado nada. Sí, la “Época exigía…”. ¿Pero sabían ellos cuáles eran las exigencias de la época, de nuestra época, no de la suya? ¿Habían estudiado, indagado profundamente, con lucidez y pasión, sin prejuicios y con solidez, eso que la época exigía? ¿No quisieron detener la historia en 1936, no quisieron continuar una tradición que dependió de un momento de urgencia, no pensaron en la Madre Patria?
Una hermosa confusión que se prolonga. Alguien escribirá alguna vez: “Portrait of the Artist as a Young Latin-american”. Y es verdad. ¡Aquí tanta gente se sintió culpable de escribir, luego de la muerte de Heraud! Y ya ni hablar de interesarse en la técnica poética. Y no hablar ya de “Jóvenes Poetas”, porque jóvenes no somos, y no cederemos un palmo a los Poetas Mayores, los cuales generalmente de mayores sólo tiene la edad.
En otras palabras: heredamos una confusión que viene desde la Colonia, creo yo, y de la cual los diversos grupos de escritores y artistas han sido, cuando más intermediarios, y algunas veces, impulsores.
“¡Llanuras! ¡Pendientes! ¡Allí había más orden! Y no había más que reinos y confines de luces, y la sombra y la luz estaban más cerca de ser una misma cosa…”
lo cual no es equivalente a la oscuridad en que nos movemos. Los críticos, como gallinazos, se nutren de cadáveres, o de obras fiambres. Y dicen casi las mismas cosas de obras ostensiblemente mediocres que de obras más o menos representativas, lo cual los desautoriza moral y profesionalmente. Sólo se ensañan con obras definitivamente malas, a las cuales nadie se atreverá a defender.
Función del escritor: sospechoso. Situación del escritor: una cierta ambigüedad. Es una actitud esencialmente defensiva.
“Canta, musa la cólera…”
la cólera y la impotencia. ¿Quién nos lee? ¿Quién nos edita? ¿Cuánto pierde cada poeta en su publicación? Yo, algo así como seis mil soles: es decir, pago al público para que me lea. Luego me acusan de “hermético” o algo así. Poesía impopular, lo cual es un pleonasmo.
¿Encontráis mis palabras oscuras? La oscuridad está en vuestras almas. No hay que engañarnos, amado Perú: tus lectores están a nivel de Reader’s Digest, y sólo tendrán éxito quien escriba poesía pre-masticada. Nada de innovaciones técnicas. Nada de rigor. La poesía ha de ser limpia y transparente como el agua. Y el poeta que se respete, deberá escribir por inspiración, según la mejor tradición romántica.
La Habana, 1963. yo contra el social realismo, otra vez. De nada parece servir Pater, ni Aristóteles, ni Santo Tomás, ni Joyce, ni Kierkegaard. Problema latinoamericano: si tienes fuerte vocación y alguna cultura, automáticamente perteneces a la minoría. No es cuestión de lamentarse de que el gran público –que casi no existe– no te lea. 1964: se publica “La Noche” en la revista Casa de las Américas. Polvareda. Es obvio, yo lo sabía. Me acusan de cualquier cosa otra vez, particularmente de inmoral. No es cuestión de defenderse. Nunca es cuestión de defenderse en este asunto literario. Los hombres de buena voluntad suelen retrasar el avance de la cultura. Parece que hay algo en sus estructuras óseas.
Se habla de “Generación”, y más aún, se nos pone un número: 60. pero nadie se ha puesto a buscar lo que es afín a este grupo heterogéneo de escritores. ¿Mi opinión? Nada. en principio, hablar de “Generación” huele a Ortega y Gasset, a 98 y 27 en España. De ahí que alguien coligió que debía de haber una generación del 60. Falso. Pura habladuría. Los críticos necesitan un esquema para sus historias literarias, y despachan el asunto inventando términos. Yo sólo me siento capaz de hablar de grupos. En esta antología parecen varias personas que, más que estar de acuerdo en algo, están de acuerdo contra algo. Y no son –somos– la mayoría, ni aún lo que se llama “representativo”. Parece que varias búsquedas solitarias han coincidido en algo, aun cuando este algo sea negativo. Es un hecho: podemos hablar entre nosotros, y con frecuencia nos entendemos! Esto sí es importante.
Aparte de nosotros, hay otros grupos, naturalmente. De estos no respondo (en verdad sólo respondo por mí.) Y anoto un error óptico: Calvo, Naranjo y Corcuera parecían ser los primeros de los jóvenes, y resultaron ser los últimos de los viejos.
Escribir, escribir, divagar, creer que se ha cogido algo en la telaraña, y sólo es un poco de viento. Revuelvo mis papeles y encuentro notas, fragmentos; cosas para mi consumo que tal vez algún día utilizaré: “Insisto: no se puede hacer un poema con temas cuasi ilimitados, o estructura cuasi ilimitada. La acumulación de contrapunto temático conduce al caos. En Consejero… yo traté de centrar una experiencia dentro de los marcos de lo social, en cuanto involucraba una guerra total. Así, la angustia colectiva vivida, y la angustia personal encajaban en un todo armónico. O sea que el núcleo del libro nunca fue intelectual (No hay núcleo intelectual) como decían los advenedizos, sino que se basaba en una experiencia-clave. O sea, el bloqueo americano a Cuba, los días de octubre y la cohetería, y la amenaza de la guerra. O sea que al hablar de todo lo que rodeaba esta experiencia, no me sentí hacerlo meramente a título personal, sino en tanto que raza humana. Igor Caruso acierta: “Hay una dialéctica viva que hace que, al hablar de un hombre, se hable de los hombres”. En otro papel encuentro: “habría un movimiento de pinzas: primero cerradas sobre el modernismo, luego abiertas al surrealismo, luego otra vez cerradas sobre la problemática local, y luego, con nosotros, una toma de conciencia donde lo local y lo general tiende a sintetizarse. Una cuasi tríada dialéctica César Moro–Romualdo–Cisneros, por ejemplo. El asunto era “situarse a nivel” con las técnicas del siglo, abarcando además la problemática local, y además haciéndose accesible al público lector. Casi nada, es decir”. Fragmentos de algo, pedazos de pensamiento a veces arbitrario –muchas veces, en verdad–, y este problemático orgullo de sentirse latinoamericano.
“Es muy distinto un desnudo griego que un peruano calato” es lo que se dice. Si, por ejemplo, me apoyo en el Puente de Piedra, miro largamente el Río Rímac, y medito sobre el tiempo, y Heráclito, y vanitas vanitatum, esto es “un peruano calato”. Pero si Eliot mira fluir el Támesis, o contempla las Dry Salvages, e igualmente medita, esto es “un desnudo griego”. Y no se trata de comparar calidades, sino de comparar las reacciones del peruano promedio “leído”, ante sus escritores que se atreven a hablar de cosas llamadas “universales”. Supongo que ante cosas como estas hay quienes huyen de sus país –Eliot, Joyce, Pound– o se exilian en el fondo de una biblioteca, o un barrio lejos del mundo –Borges, Lezama Lima–. Y esto es comprensible.
¿Quién era el que decía: “lo inexpresable no existe”? Evidentemente no era Byron, ni Bousoño. Flaubert acuñó esta frase, que fue recogida por Joyce y transformada en credo o bandera, por los que trataban de perfeccionar los medios expresivos, a fin de incorporar más zonas de la realidad. Esos eran los monjes de la literatura; monjes bastante raros, en verdad, con una capacidad de trabajo y pasión que excedía el límite de lo normal. Los “Monks” de la literatura son bastante distintos a los “Monkeys”, aunque las palabras se parezcan. Y no es suficiente sufrir como Vallejo para escribir como Vallejo. Y no basta que estos críticos te alaben para escribir decentemente. Y en verdad, nada basta: nadie es poeta de una vez por todas, y la fábula de Midas es un cuento para niños o idiotas, y el único consejo que resultó valioso fue el que nos indujo a trabajar incesantemente. Lo demás es escoria. “The rest is dross”, como dice Pound.

martes, 17 de noviembre de 2015

A favor de Jaime Gil de Biedma

Como siempre llego tarde a todas partes, igual llego tarde a los aniversarios. Y ya que aquí en La Galla Ciencia hemos abierto fiesta para don Jaime, llego a la resaca de la celebración de un poeta que he querido como a pocos. Y solo para decir que tal vez ha sido uno de los más importantes lectores y buscadores de la tradición poética hispanoamericana, y para muestra solo dejaré este poema, de raigambre vallejiana (que pomposo suena dicho así, no?). 


En el nombre de hoy, de Jaime Gil de Biedma


En el nombre de hoy, veintiséis
de abril y mil novecientos
cincuenta y nueve, domingo
de nubes con sol, a las tres
-según sentencia del tiempo-
de la tarde en que doy principio
a este ejercicio en pronombre primero
del singular, indicativo,

y asimismo en el nombre del pájaro
y de la espuma del almendro,
del mundo, en fin, que habitamos,
voy a deciros lo que entiendo.
Pero antes de ir adelante
desde esta página quiero
enviar un saludo a mis padres,
que no me estarán leyendo.

Para ti, que no te nombro,
amor mío –y ahora en serio-,
para ti, sol de los días
y noches, maravilloso
gran premio de mi vida,
de toda la vida, qué puedo
decir, ni qué quieres que escriba
a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos,
compañeros de viaje,
y sobre todos ellos
a vosotros, Carlos, Ángel,
Alfonso y Pepe, Gabriel
y Gabriel, Pepe (Caballero)
y a mi sobrino Miguel,
Joseagustín y Blas de Otero,

a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social,
dedico también un recuerdo,
y a la afición en general.

viernes, 23 de octubre de 2015

Cómo escribir poesía - Leonard Cohen



Por ejemplo la palabra “mariposa”. Para usar esta palabra no hace falta aligerar la voz, ni dotarla de pequeñas alas empolvadas, ni inventar un día soleado o un campo de narcisos, ni estar enamorado, ni estar enamorado de las mariposas. La palabra “mariposa” no es una mariposa de verdad. Está la palabra y está la mariposa. La gente tendrá todo el derecho a reírse de ti si confundes estos dos conceptos. No le des tanta importancia a la palabra. ¿Qué quieres transmitir, que amas a las mariposas con más perfección que nadie o que entiendes realmente su naturaleza? La palabra “mariposa” no es más que un dato. No te da pie a revolotear, elevarte, proteger las flores, simbolizar la belleza y la fragilidad o interpretar de alguna forma a una mariposa. No representes las palabras. No representes nunca las palabras. No intentes nunca despegar del suelo cuando hables de volar, ni gires la cabeza y cierres los ojos cuando hables de la muerte. No me mires con ojos ardientes cuando hables del amor. Si quieres impresionarme al hablar del amor, métete la mano en el bolsillo o debajo del vestido y acaríciate. Si tu ambición y tu hambre de aplausos te han llevado a hablar del amor, debes aprender a hacerlo sin desacreditarte a ti mismo ni lo que dices.

¿Qué expresión podría definir a nuestra época? Nuestra época no tolera expresión alguna. Todos hemos visto fotografías de madres asiáticas desoladas, así que no nos interesa la agonía de tus órganos achacosos. Nada de lo que puedas expresar con tu cara tiene parangón con el horror de nuestro tiempo. No lo intentes siquiera. Sólo merecerías el desprecio de los que han sido tocados en lo más hondo. Todos hemos visto noticieros con seres humanos embargados por el dolor y la desazón. Todos sabemos que comes como Dios manda y que hasta te pagan para que te subas a un escenario. Estás tocando para gente que ha vivido catástrofes, así que tranquilízate. Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado. Todos sabemos que sufres. No puedes contarle al público todo lo que sabes del amor en cada verso de amor que digas. Hazte a un lado: la gente sabrá lo que tú sabes porque ya lo sabía. No tienes nada que enseñarles. No eres más hermoso que ellos. Ni más sabio. No les grites. No fuerces una entrada en seco. Eso es sexo mal practicado. Si muestras el contorno de tus genitales, entrega lo que prometes. Y recuerda que, en el fondo, la gente no quiere acróbatas en la cama. ¿Qué necesitamos? Estar cerca del hombre natural, estar cerca de la mujer natural. No quieras ser un cantante venerado por un público numeroso y leal que desde siempre ha seguido los altibajos de tu carrera. Las bombas, lanzallamas y demás mierdas han destruido algo más que árboles y poblados. También han destruido los escenarios. ¿Acaso creías que tu profesión iba a escapar de la destrucción general? Ya no hay escenarios. Ya no hay candilejas. Estás entre la gente, por lo tanto sé modesto. Di las palabras, transmite los datos y hazte a un lado. Quédate solo. Quédate en tu habitación. No montes un número.

Se trata de un paisaje interior. Está dentro y es privado. Respeta la intimidad de tus textos, pues fueron escritos en silencio. La valentía de la interpretación es decirlos. La disciplina de la interpretación es no violarlos. Deja que el público sienta tu amor por la intimidad aunque ésta no exista. Sé una buena puta. El poema no es un slogan. No puede promocionarte. No puede fomentar tu reputación de sensible. No eres un semental. No eres un ladrón de corazones. Tanto gangster del amor y tanta tontería. Eres un estudiante de disciplina. No representes las palabras. Las palabras mueren cuando las representas, se marchitan, y no nos queda más que tu ambición.

Di las palabras con la precisión exacta con que comprobarías la ropa de tu colada. No te conmuevas con una blusa de encaje. Unas braguitas no tienen por qué ponértela dura. No tiembles al ver una toalla. Las sábanas no han de dibujar una expresión de ensueño alrededor de tus ojos. No hace falta que llores en el pañuelo. Los calcetines no están ahí para evocarte extraños y lejanos viajes. No es más que tu colada. No es más que tu ropa. No seas un mirón escudriñando a través de ella. Limítate a llevarla puesta.

El poema es mera información. Es la Constitución de la patria interna. Si lo declamas y lo hinchas con nobles intenciones, no eres mejor que esos políticos que tanto desprecias. No haces más que agitar una bandera y llamar patéticamente a la patriotería emocional. Piensa en las palabras como ciencia, no como arte. Son un informe. Es como si dieras una conferencia en la Federación de Montañismo. Las personas que te escuchan conocen todos los riesgos de la escalada, y te honran dando por sentado que lo sabes. Si se los pasas por la cara, estás insultando la hospitalidad que te ofrecen. Infórmales de la altitud de la montaña, describe el equipo que utilizaste, especifica el tipo de superficie y fija el tiempo que duró la escalada. No busques dejar al público boquiabierto. Si el público se queda boquiabierto, no será debido a tu apreciación de los hechos, sino a la suya. Tu mérito estará en la estadística y no en las inflexiones de tu voz ni en los ademanes enérgicos de tus manos. Estará en los datos y en la tranquila organización de tu presencia.

Evita las fiorituras. No temas ser débil. No te avergüences de estar cansado. Tienes buen aspecto cuando estás cansado. Parece como si pudieras seguir y seguir sin parar. Y ahora ven a mis brazos. Eres la imagen de mi belleza.